martes 3 de febrero de 2009

nueve

… El calor del beso, el aroma del rocío matinal, la sal del amor, el lienzo y la sangre, la melodía o el disparo. Todo se forja ahí, en la bóveda del cráneo; la casa del sueño y la imagen, guarida del deseo que amuebla los pliegues cerebrales; dominio de nervios conductores que condensan en sus filamentos ráfagas de ira y medialunas de sonrisa. Donde también palpitan los trágicos finales, el artificio del amor, la agonía. Fécula de todo lo que se expulsa por las cavidades, que atraviesa membranas, tejidos, la piel. Después está la cara de lo otro: el afuera con su aire, con sus decorados absurdos: un cuerpo sembrado en el lecho, hebras de cabello fermentadas en la humedad de la sien, un ojo que se abre, una bala que promete besar la almohada…

jueves 6 de marzo de 2008

El guión

ESCENA 1
Calle Comercial. Exterior. Día. (Suena B.Y.O.B. de System of a Down)

Un hombre, adherido a una maleta, corre por las calles de un sector comercial, tropieza con los transeúntes. El sol. Los vendedores ambulantes están llenos de andenes y cansancio y grasa que brilla la mirada. Arriba de la maleta está el reloj, inserto en la muñeca, la hora que el hombre mira y le afana el paso. Desprevenido cruza la calle. Un automóvil, que frena para no arrollarlo, es chocado por otro. Los conductores desmontan, los gritos siguen siendo posibles entre el furor y el smoke. El hombre los mira, quiere detenerse pero sigue corriendo. Suena su celular, (Se detiene la música), El hombre se detiene (Sonido ambiente). Contesta.

EL HOMBRE:
¡Aló!

LA VOZ DEL OTRO LADO:
Se hace tarde, es casi la hora y aún no tenemos nada.

EL HOMBRE:
Estoy en camino

LA VOZ DEL OTRO LADO:
No, no es esto un jueguito de azar. Usted no es un hombre de fiar, aunque tiene corazón, sólo que ya la suerte no le acompaña, puede estar ahora mismo en un aeropuerto, resuelto a volar y dejarlo todo, no es tan malo, por eso decidimos conseguir una garantía

EL HOMBRE:
¿De qué habla? Ya tengo el dinero.

LA VOZ DEL OTRO LADO:
Por su bien y el de su familia, ese dinero ya debería estar consignado, o debo pensar que no sólo la suerte le abandona...

EL HOMBRE:
Déjelas en paz, yo voy a pagar ese dinero… ¡Aló! ¡Aló!

LA VOZ DEL OTRO LADO:
Tiene hasta el horario de cierre y no falta mucho.

Funde a negro (Suena B.Y.O.B. de System of a Down)

ESCENA 2
Calle comercial. Exterior. Día. (Sonido ambiente)

La entrada de un banco. El hombre llega a ella. Mira el reloj. Tiembla su muñeca si poder liberarse. El azar: La invisible agonía del tiempo. Jadea. Mira la puerta del banco y allí, meciéndose en el afán que no conoce el silencio, aparece el letrero que dice: CERRADO. El vacío, la piel de las sombras, el grito.

EL HOMBRE:
¡Noooooo! No puede ser, no puede ser. Aún quedan minutos, no pueden cerrar, no ahora. ¡Maldición!

El hombre desesperado, recostado a la puerta de cristal, inspecciona el interior del banco, la cornisa en la que duerme su vida. Observa a una cajera. Ella lo mira. Le sonríe.

EL HOMBRE (tocando el cristal con la mano):
Señorita… si usted, ¡Ey!, aún faltan minutos. Es urgente…

Adentro, muda distancia, el vigilante se acerca a la cajera. Conversan. El hombre hace señas al vigilante señalando el reloj en su muñeca. Cómo quiere que le entiendan. No le entienden. El vigilante y la cajera se ríen. El gesto sin hombre, el hombre de rostro mutilado. Agoniza. Suena su celular.
Funde a negro

ESCENA 3
Voces en off en fundido a negro.

EL HOMBRE:
¡Aló! (Pausa) ¡No! ¡No! ¡No! ¡No!, ¡No! ¡No!, ¡No! ¡No!, estoy aquí, en el banco, estoy por entrar…

El hombre se extingue. Grita. Se escuchan, del otro lado del teléfono, gritos y voces, mujeres que piden auxilio, risas masculinas y disparos, hombres que no saben qué pedir. Silencio.

ESCENA 4
Calle. Exterior. Día. (Suena Roads de Portishead)

Cae el celular. El hombre se deshace de rodillas sobre el andén. Llora, se deslíe. Abre la maleta que está llena de billetes. De entre los billetes saca un revolver. Deja la maleta en el suelo y camina una cuadra con el revolver en la mano. Las personas que pasan cerca a él, al ver el arma, empiezan a murmuran y se alejan asustadas. Se detiene. Mira el banco. Apunta a su cabeza con el revolver. Dispara. Se coagula.

ESCENA 5
Calle. Exterior. Día. (Sonido ambiente)

Dos mujeres se detienen ante la puerta del banco. Miran con curiosidad a la gente que se aglomera una cuadra más allá. Crean, especulan sobre lo que pudo haber sucedido.

MUJER UNO (Madura):
¿Qué pasa allá, Ana, podés ver algo?

La mujer dos (Adolescente) observa y calla.

MUJER UNO:
¿Será un accidente?

La mujer dos mueve la cabeza como intentando ver más allá de lo que puede.

MUJER UNO (Señalando):
Mira allá, en el suelo, parece un hombre muerto.

La mujer dos mueve la cabeza intentando ver más allá de lo que puede. Se acomoda los anteojos, encoge los hombros y, sin percatarse, apoya la mano sobre la puerta del banco tapando el letrero de: CERRADO. La puerta se mueve.

ESCENA 6
Calle. Exterior. Día. Cámara subjetiva.

El hombre, que agoniza en un andén, ve que las dos mujeres que están paradas frente al banco, mirando hacía él, empujan la puerta y entran.

Funde a negro (Suena Roads de Portishead... como por la mitad.... creo)







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lunes 25 de febrero de 2008

uno

Helado. Labios rotos tras una marquesina; malabares y magia de fiesta infantil. Cifras desahogadas en pétalos. Aroma deslizándose con acidez. Cine y zoológico. Jardín de presagio mutilado. Dibujar en la estrechez de la pieza: mujer aplastada contra un sol de simulacro; luz pulverizada por el corazón del grafito. De los bolsillos resbalan razones que empujan a la calle. Oscuridad que derrapa sobre el asfalto. Peregrino tendiendo sus ansias. Portal de las mesas reticentes. Cromo que ausculta la sopa. Absurdo flotando al vaivén de la merienda. Fascinación y hastío. Rumor de copas. Promesas abortadas en la barra de un bar. Una sonrisa alquila media certeza en luna llena: la soledad auspicia. Prostitutas serpenteando entre el rimel y la contienda. Un sí nace apéndice del labio. Callejón de sombras ebrias. Gemidos que revientan contra el silencio de su propio sexo. La aniquilación del orgasmo.

Regreso a casa, el espejo de ventanas condenadas. Los últimos dibujos reptan por la pared. Abre el refrigerador y sólo encuentra cristales de fruta calcinada y bacterias floreciendo en el deshielo: las gotas rebanan el vacío de las hebras que teje la muerte. Aparece una sensación terrosa entre la pupila y el parpado. Los sentidos quedan entornados sin embargo: el advenimiento del sueño después de ciento cuatro horas.
La vigilia parte sin despedidas hacia el puerto de los soles inventados, mientras que la agonía naufraga en el lecho hasta que la marea crezca.
El aire se espesa y el tiempo cercena con su nudo de cansancio. Las anfetaminas están al alcance de la mano, pero los ojos se cierran de manera ineluctable.
La depresión. En otros tiempos era el momento de sentirse desahuciado, sin fondo en las entrañas, pero a fuerza de costumbre ha aprendido convivir con ella, y más que eso, a disfrutarla. De momento sabe lo que vendrá: mucho sueño, pocas ganas de hacer algo, desinterés por aquello que hace dos días arrebataba su atención, vivir postrado. Es ahí, tirado en la cama, mirando el cielorraso blanco y difuso, donde todo cobra su verdadero valor; estar sometido por ese estado le permite a su mente acercarse a las cosas sin demasiadas imposturas, libres de filtros; descubrir sus perfiles más ocultos, ver a contraluz conceptos, imágenes e ideas que en otras ocasiones se le presentan bajo la especie de crípticos palimpsestos o nebulosas de palabras.
Tregua del sueño o laguna de vigilia. Ocupa la vista en un mosquito que vuela junto a la pared, sembrando allí los ecos de un zumbido desesperado. Su vuelo es errático, un zigzagueo que hiende el aire y trata de eludir su mirada; “Esquiva y ruidosa, como todas las hembras”, piensa. Pero no lo pierde de vista un instante. Tocan a la puerta. Ahora el mosquito ronda su cara, coquetea con el lóbulo y la sien, para luego continuar hacia el brazo. La puerta otra vez. Se detiene en el dorso de la mano y elige con minucia el poro por donde va a ingresar. Tocan con más fuerza. El aguijón penetra su piel y comienza la succión. Sabe que hay un mosquito extrayéndole sangre, pero es incapaz de asimilar la sensación de dolor. La puerta recibe los golpes de una mano empuñada. El mosquito se eleva, impune, hasta una grieta del cielorraso. Entre un montón de ropa apilada en una silla empieza a sonar un teléfono. La puerta otra vez.