lunes 25 de febrero de 2008

uno

Helado. Labios rotos tras una marquesina; malabares y magia de fiesta infantil. Cifras desahogadas en pétalos. Aroma deslizándose con acidez. Cine y zoológico. Jardín de presagio mutilado. Dibujar en la estrechez de la pieza: mujer aplastada contra un sol de simulacro; luz pulverizada por el corazón del grafito. De los bolsillos resbalan razones que empujan a la calle. Oscuridad que derrapa sobre el asfalto. Peregrino tendiendo sus ansias. Portal de las mesas reticentes. Cromo que ausculta la sopa. Absurdo flotando al vaivén de la merienda. Fascinación y hastío. Rumor de copas. Promesas abortadas en la barra de un bar. Una sonrisa alquila media certeza en luna llena: la soledad auspicia. Prostitutas serpenteando entre el rimel y la contienda. Un sí nace apéndice del labio. Callejón de sombras ebrias. Gemidos que revientan contra el silencio de su propio sexo. La aniquilación del orgasmo.

Regreso a casa, el espejo de ventanas condenadas. Los últimos dibujos reptan por la pared. Abre el refrigerador y sólo encuentra cristales de fruta calcinada y bacterias floreciendo en el deshielo: las gotas rebanan el vacío de las hebras que teje la muerte. Aparece una sensación terrosa entre la pupila y el parpado. Los sentidos quedan entornados sin embargo: el advenimiento del sueño después de ciento cuatro horas.
La vigilia parte sin despedidas hacia el puerto de los soles inventados, mientras que la agonía naufraga en el lecho hasta que la marea crezca.
El aire se espesa y el tiempo cercena con su nudo de cansancio. Las anfetaminas están al alcance de la mano, pero los ojos se cierran de manera ineluctable.
La depresión. En otros tiempos era el momento de sentirse desahuciado, sin fondo en las entrañas, pero a fuerza de costumbre ha aprendido convivir con ella, y más que eso, a disfrutarla. De momento sabe lo que vendrá: mucho sueño, pocas ganas de hacer algo, desinterés por aquello que hace dos días arrebataba su atención, vivir postrado. Es ahí, tirado en la cama, mirando el cielorraso blanco y difuso, donde todo cobra su verdadero valor; estar sometido por ese estado le permite a su mente acercarse a las cosas sin demasiadas imposturas, libres de filtros; descubrir sus perfiles más ocultos, ver a contraluz conceptos, imágenes e ideas que en otras ocasiones se le presentan bajo la especie de crípticos palimpsestos o nebulosas de palabras.
Tregua del sueño o laguna de vigilia. Ocupa la vista en un mosquito que vuela junto a la pared, sembrando allí los ecos de un zumbido desesperado. Su vuelo es errático, un zigzagueo que hiende el aire y trata de eludir su mirada; “Esquiva y ruidosa, como todas las hembras”, piensa. Pero no lo pierde de vista un instante. Tocan a la puerta. Ahora el mosquito ronda su cara, coquetea con el lóbulo y la sien, para luego continuar hacia el brazo. La puerta otra vez. Se detiene en el dorso de la mano y elige con minucia el poro por donde va a ingresar. Tocan con más fuerza. El aguijón penetra su piel y comienza la succión. Sabe que hay un mosquito extrayéndole sangre, pero es incapaz de asimilar la sensación de dolor. La puerta recibe los golpes de una mano empuñada. El mosquito se eleva, impune, hasta una grieta del cielorraso. Entre un montón de ropa apilada en una silla empieza a sonar un teléfono. La puerta otra vez.