… El calor del beso, el aroma del rocío matinal, la sal del amor, el lienzo y la sangre, la melodía o el disparo. Todo se forja ahí, en la bóveda del cráneo; la casa del sueño y la imagen, guarida del deseo que amuebla los pliegues cerebrales; dominio de nervios conductores que condensan en sus filamentos ráfagas de ira y medialunas de sonrisa. Donde también palpitan los trágicos finales, el artificio del amor, la agonía. Fécula de todo lo que se expulsa por las cavidades, que atraviesa membranas, tejidos, la piel. Después está la cara de lo otro: el afuera con su aire, con sus decorados absurdos: un cuerpo sembrado en el lecho, hebras de cabello fermentadas en la humedad de la sien, un ojo que se abre, una bala que promete besar la almohada…
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